CAPACITACIÓN QUE INSPIRA
LA ESPIRITUALIDAD

El hombre espiritual está totalmente presente en cada respiración y en cada latido. Vive intensamente y con gratitud cada segundo, aprendiendo a transformar las caídas en experiencia, los obstáculos en oportunidades, lo vacuo en sagrado, y todo esto lo hace dentro de sí.



Aparentemente solos y sin recordar nada más, llegamos. Al comienzo nuestros ojos solo ven este pequeño mundo y las cosas que hay en él. Adaptándonos vivimos para nosotros y para una realidad parcial y caprichosa, irguiendo falsos ídolos, ganando batallas y conquistando certezas. Siempre incompletos, creemos en una vida automatizada que nos impulsa a satisfacer algunas necesidades recurrentes. Luego, desde la calma de un lugar sagrado y muy profundo en el corazón, desde una geometría sin tiempo, ocurre una de las maravillas de la existencia y comenzamos a percibir el espíritu. Nuestra visión de la vida cambia radical e irrevocablemente, nos acechan las dudas y anhelamos el Ser. Buscamos. Necesitamos desesperadamente un sentido y un puñado de respuestas. Entonces, para avanzar, pretendemos dividir nuestra vida entre lo espiritual y lo material, pero con el tiempo nos damos cuenta de que tal división es un espejismo. Sin morir renacemos y comenzamos realmente a vivir.
Se ha escuchado a los antiguos decir una y otra vez que lo material fue creado para que el espíritu pueda manifestarse, para que a través de su manifestación pueda experimentarse y para que a través de su experimentación pueda conocerse, porque solo se puede evolucionar a través de la conciencia.

El todo resulta ser mucho más que la pura suma de sus partes.

Cada ser viviente es una célula del todo y, como tal, no puede tener una conciencia absoluta y plena de la totalidad de la cual forma parte, así como la totalidad no enfoca su conciencia en registrar lo que cada célula hace particularmente, sino que simplemente está ahí manifestándose.
Cada gota del océano tiene las mismas características que el océano, la diferencia es principalmente una cuestión de cantidad, no de calidad. Somos cualitativamente iguales al todo, pero cuantitativamente diferentes.
En el entendimiento de estos conceptos se apoya el misterio del axioma «todos somos uno», expresado desde la Antigüedad en el arquetipo del hombre primordial, Adam Kadmón: la humanidad.

El sabio ama al río como a la roca, al viento como al mar, a sus aliados como a sus enemigos, porque en todas las cosas se ve a sí mismo, y en sí mismo ve a la creación.



Ya que la esencia última del absoluto es espíritu puro, en última instancia la esencia de todas las cosas también lo es, porque cualquier cosa está comprendida dentro del gran conjunto que llamamos el todo. Sin error podemos afirmar que todo es espíritu.
Cuando comprendemos internamente que todo es espíritu —porque cada cosa, grande o pequeña, es algún tipo de manifestación del todo—, estamos más cerca de darnos cuenta de la vida subyacente en las cosas menos evidentes y de tomar contacto íntimo con otras manifestaciones del todo de un orden más sutil, con otras realidades, de realizar una boda mística entre nuestro Ser y el absoluto, porque, como toda alianza, se produce integrando.

Actuando desde la individualidad tienes toda tu propia potencia, pero actuando desde la unidad tienes la potencia de la totalidad.

Quien conoce la alquimia comprende con profundidad las operaciones a las que hasta aquí me he referido y su relevancia.
Jugando filosóficamente podemos considerar que todos los aspectos de la vida conforman la vida, y podemos también considerar que la vida es sagrada, porque es parte del gran todo universal. Podemos entonces decir que todos los aspectos de la vida son sagrados. La vida proviene del gran espíritu que es el todo, y por lo tanto todo es espíritu en algún nivel, todo es vida, todo es sagrado.
Quien pudiera vivir con esta conciencia permanentemente no conocería jamás la desdicha o el sufrimiento y sus días se transformarían en una experiencia maravillosa de plenitud, gracia y sincronía absoluta. En este estado en el que no existe la discriminación —como rechazo—, el discernimiento tiene lugar en su máxima expresión de claridad, que implica la integración y el reconocimiento: la compasión.
A este grado de conciencia se lo llama observador, porque implica haber encontrado y tomado contacto con la esencia íntima interna, el gran observador neutral de las experiencias, el genio superior, el santo ángel guardián; la piedra de los filósofos.
Entender y aceptar cada experiencia de la vida simplemente como una experiencia implica haber logrado un profundo desapego, la conciencia del actor en el personaje. Diferenciarse como Ser que habita un cuerpo temporalmente para experimentar la creación, que es el propósito final del todo: experimentarse a sí mismo. Reconocer que esto es una experiencia espiritual desde la manifestación material, no una vida material con aspectos espirituales.

La espiritualidad es el proceso completo de realización de cada conciencia, que tiene lugar a cada momento del proceso de la vida, sea esto evidente o no.



La espiritualidad, por tanto, no trata del ascetismo, de la renuncia, del sacrificio o las privaciones, sino —según esta visión— por el contrario, trata de integrar armónicamente todos los aspectos de la vida. La espiritualidad no es un estado especial que surge durante breves momentos de inspiración. La espiritualidad es el proceso completo de realización de cada conciencia, que tiene lugar a cada momento del proceso de la vida, sea esto evidente o no. La espiritualidad late en cada acto, cada pensamiento y cada decisión, y quienes logran adoptar la postura del observador pueden optimizar este proceso de evolución.
Cada paso en el desarrollo de la conciencia individual aumenta el nivel de la conciencia colectiva a la que pertenece y por lo tanto genera un beneficio en cadena.
Todo es espiritual porque todo nutre al espíritu con experiencia. La experiencia es diversidad, puede ser agradable o desagradable, positiva o negativa, pero indefectiblemente es experiencia y desde ese enfoque enriquece y nutre al Ser.
Desde la conciencia de observador no hay errores o aciertos. No hay caminos buenos o caminos malos. Hay experiencias.
Desde la conciencia ordinaria todo lo que no complace o produce algún tipo de sufrimiento generalmente es decodificado como malo, negativo, indeseable, y es rechazado. Para la conciencia —ávida de experiencias vivenciales a la vez que despojada de todo deseo y de todo temor— tales frustraciones y sufrimientos simplemente no existen más que como experiencias en sí mismas.
Crecer, sanar, conocerse, conocer, aprender, compartir, ayudar y evolucionar son algunos conceptos que hablan adecuadamente de partes concretas del camino y del propósito final de la venida de los espíritus al mundo: experimentarse; pero a la vez son apenas partes, no objetivos o fines en sí.
A medida que el inconsciente colectivo se eleva, los seres humanos somos cada día más capaces de comprender esto y de alinearnos con el objetivo supremo, la gran obra.

Nada sucede que no deba, ni antes ni después.

Sea lo que sea que hagamos, estemos donde estemos en este momento, viviendo lo que estemos viviendo, es un regalo, es la gracia de la existencia, de poder ser, de poder sentir, vivir, crear. Es total y completamente perfecto. No se nos olvide jamás que el propósito de nuestro Ser es experimentar la existencia y que en el punto perfecto en el que todo confluye y se alinea con la unidad, todo es espíritu, luz, amor.

Materia (la energía es percibida básicamente como movimiento) > Energía (la mente es percibida básicamente como luz) > Mente (el espíritu es percibido básicamente como amor) > Espíritu (todo es percibido como es; lo que es se fracciona y se sumerge en la materia para experimentarse a sí mismo)





Por: Lauro Alonso - www.lauroalonso.com
Última actualización de este documento: 05 de febrero de 2013 - 1.0